PAZUKA

Y todo es vanidad

San Petersburgo (I) Noviembre 2, 2008

Archivado en: Mis tropelías por tierras más frías, personal — pazuka @ 11:55 am
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Sé que a un par de personas que me conocen muy bien no les gustó mucho la idea, pero ya no sé esperar a que nadie me acompañe para hacer ciertas cosas, así que decidí hace tiempo viajar sola a San Petersburgo, coincidiendo que un buen amigo iba a estar por la Venecia del norte y yo me encontraba sólo a 383 km.

Al grano que si no, no escribo este post en la vida, porque me fui el 22 de noviembre y mirad las fechas que son.

Cogí un bus que salía de Helsinki por la noche, el autobús parecía muy frío, pero poco a poco se fue calentando, demasiado para mi gusto y ahora que me doy cuenta, también se calentó en otro sentido, porque detrás de mi viajaba una parejita, que no sé de qué manera se hacían gemir el uno al otro, en fin no voy a tratar de averiguar cuales fueron sus artes amatorias, pero en ese momento me dí cuenta que el viaje iba a ser muy interesante.

Ay infeliz de mi que pensé en poder dormir durante el trayecto y me tragué cuatro controles de pasaporte; el primero sin novedad, aún en Finlandia; en el segundo una chica de verde, con gorro de pelo verde, le echó un vistazo a mi visado y a mi cara, miré su cara robótica y respiré tranquila, en el tercer control después de esperar la cola casi me da un patatús marciano cuando una señora de verde, medio en ruso y medio en inglés me dice que “No visa”; ¡¿cómo que “no visa”?! Mientras ella llamaba a no sé quién por teléfono yo me veía detenida e interrogada.

Me imaginaba de vuelta a no sé dónde, ni cuándo, ni cómo y casi la mato cuando uno de sus compañeros después de ver mi pasaporte me dice que todo está en orden. Salí de esa nave “segundaguerramundialesca” con los ojos llorosos, porque yo lo valgo “Lorelay” pero una no gana para estos sustos.

Menos mal que el cuarto control transcurrió de forma robótica otra vez y pude echar una cabezadita antes de llegar.

San Petersburgo estaba inmerso todavía en la noche, imaginé que llegaría a una estación de autobuses con infinidad de servicios a mi alcance y por haber imaginado, sólo pude ver una calle casi desierta si no fuera porque el mismísimo fantasma de la usurera que mató Raskolnikov andaba barriendo la acera. Menos mal que el conductor del autobús, que presiento que estuvo pendiente de que me encontrara bien durante el viaje, todavía seguía allí.

-“¿Taxi?” -le dije

-“Nevsky Prospect”- me contestó

¡Estaba salvada! ¡Esa es una de las calles principales en San Petersburgo y la que me llevaba directa al hostal!

Caminé Nevsky Prospect como una rusa más, con cara de madrugón y paso decidido, odio que me tomen como una guiri despistada y ya me había memorizado el plano.

Cruzé los canales Griboyedova y Naberezhnaya, como si esa fuera mi ciudad, mi ego iba creciendo como su cauce en época de lluvias, henchida de orgullo giré a la derecha y llegué al número diez de Bolshaya Morskaya Ulitsa, y tragué saliva, la época de sequía había llegado.

No pude encontrar un cartel que indicara que allí había un hostal y no me encontraba con fuerzas como para aguantar la bronca de un ruso recién despierto por el toque al timbre de una guiri despistada; así que crucé al otro lado de Nevsky Prospect haciendo caso omiso de una barrendera a la que entendí que Bolshaya Morskaya no continuaba por allí.

El fantasma de Gallardón también se encontraba pululando por ahí. Además de estar sin iluminar, la calle tenía el asfalto levantado por la obras que el gobierno de la ciudad ha decidido hacer en una temporada; rodeada de montañas de adoquines, hierros y maquinaria en general fui ignorada por dos chavalas que salían de no sé que tipo de antro, hasta que otra que entraba a trabajar a un Mc Donalds me dió indicaciones equivocadas.

Dispuesta a que el ruso del número diez me soltara un alarido por guiri y despistada volví sobre mis pasos; con la entereza que aún me quedaba llamé al timbre, nadie respondió, llamé de nuevo y escuché el maravilloso sonido de la apertura automática.

Busqué el interruptor de la luz sin suerte, pero vi que en el segundo piso había luz, me paré en el primero al ver un par de bicicletas apoyadas en la barandilla y un plano de la ciudad en la pared, sin lugar a dudas ese era el hostal.

Aún sin creérmelo llamé a la puerta, me atendió un chaval medio adormilado, eran la siete de la mañana y hasta las nueve no podía entrar en la habitación, mis compañeras estaban durmiendo; así que me puse a relatar mi estado a familia y amigos.

Llegaba la hora de irme al hotel donde había quedado con mi amigo y zamparme un desayuno a lo grande pero allí no aparecía nadie que me dijera dónde dejar mi maleta, llamaron al timbre y apareció el muchacho para abrir la puerta y aproveché para terminar de resolver mi estancia, pero nada, me dijo que podía dejar mi maleta apoyada en la pared del pequeño pasillo que servía de recepción y ya no podía esperar más, llegaba tarde, le miré la cara, me fié y salí a la aventura de San Petersburgo.

Podias comerte una pequeña si querias

Podías comerte una pequeña si querías

Saliendo, preparada para la aventura

Saliendo, preparada para la aventura