Apunté las calles que debía recorrer y las direcciones en una libreta, ya conocéis mi pánico a parecer una “turi” y pasé de utilizar un plano, caminé entre un tráfico desordenado viendo cada doscientos metros un coche parado en medio de la avenida y a su conductor inspeccionando sus entrañas.
A cada paso que daba veía un edificio que hablaba de la decadencia del esplendor, anduve perdida, calles sin señalizar, obras por todos lados, caótico, pregunté y ninguna respuesta clara, pequeñas indicaciones que quizás me aclaraban el plano que tenía dibujado en mi mente.
Momento Chiquito de la Calzada cuando tuve que cruzar un puente en obras, la acera estaba rodeada por una malla y no sabía si quedaría atrapada.
Me lanzo, no me lanzo, pasito pa’lante María, pasito pa’atrás. El conejo de Alicia sacudió mi cabeza: -¡Llego tarde!
Decidida pasé por la acera dejando a mi izquierda la malla y a la derecha el canal, cuando tuve que girar, en efecto el conejo y yo estábamos atrapados entre la malla y cinco obreros, me miraron divertidos (al conejo no le hicieron ni caso).
Les pregunté cómo salir de ahí en español, demasiada tensión como para gastar energía en balde y dos de ellos que eran viejecillos, sin parar de reírse por la situación me condujeron hacia un agujero en la malla y me jalearon para salir por él, estaban excitadísimos, casi me aplauden, no sé si porque consideraban una proeza que una muchacha atravesara un lugar así o porque habían cazado, además de al conejo y a servidora, una historia más que contar.